8 de DICIEMBRE: INMACULADA CONCEPCIÓN

Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, recordando el dogma proclamado solemnemente por el Papa Pio IX, el 8 de diciembre de 1854. Pero, sobre todo no podemos olvidar que estamos en tiempo de Adviento, el tiempo de esperanza de la Iglesia.

María y el Adviento.

            En principio podría parecer una interrupción del tiempo de Adviento, de la austeridad de su liturgia, para dar paso a la celebración solemne de la Inmaculada. Sin embargo, esto no es así, porque si tomamos conciencia de que el Adviento es el tiempo de esperanza de la Iglesia, de una esperanza centrada en su primera parte en la espera de la venida definitiva de Jesús al final de los tiempos y en la segunda parte, en la espera de la venida del Hijo de Dios hecho carne en la Navidad. Por eso vivir la liturgia del Adviento es contemplar a María como Madre y Modelo, así nos dice el papa san Pablo VI: “De este modo, los fieles que viven con la Liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza, para salir al encuentro del Salvador que viene”.

María, signo de esperanza de la Iglesia.

            Como decíamos, el Adviento es un tiempo marcado fundamentalmente por la esperanza y por ello, María “Virgen del Adviento”, es signo y modelo de esperanza y consuelo para la Iglesia que camina en esperanza hasta la venida definitiva de su hijo. Así la define el último concilio: “en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor”. María como israelita supo esperar la venida del Mesías, como Madre esperó el nacimiento del Hijo y hoy, asunta al cielo y madre de la Iglesia, acompaña, conduce y cuida de los hermanos de su hijo que peregrinan en este mundo y de los que es su primera intercesora

María, la perfecta redimida.

            Muchas veces decimos que María es Inmaculada porque se le aplicaron anticipadamente los méritos de la Redención de su Hijo. Esto no puede ser así, la diferencia entre María y nosotros no puede consistir solo en una prioridad temporal, sino que María ha sido redimida de la manera más perfecta, es el prototipo de la Redención, la vida de María ha sido el acto libre propiciado por la Gracia de Dios, por el que recibe en la fe y concibe en su vientre al Hijo de Dios para sí y para la salvación de todos los hombres, acontecimiento que supondrá la alianza eterna y definitiva entre Dios y la humanidad. Por eso, para la fe de la Iglesia, María es la redimida de la manera más perfecta, la que tiene, como nos dice el evangelio, la “Plenitud de la Gracia”.

            Así, para los que caminamos en esperanza, María es el modelo del perfecto discípulo de Cristo.

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